Una vez hecha la compra, organizar la despensa es tan importante como organizar la casa. Colocar los productos más utilizados a la altura de los ojos, reservar un espacio para los alimentos que conviene consumir primero y mantener juntos los ingredientes que suelen emplearse en las mismas recetas resulta muy práctico. Esta estructura facilita cocinar sin estrés, ya que se ahorra tiempo buscando cosas y se reduce la posibilidad de que un alimento quede escondido durante semanas.
La distribución del frigorífico también merece atención. Las zonas tienen temperaturas distintas: la parte baja suele ser más fría y adecuada para carnes y pescados, mientras que los estantes superiores funcionan mejor para lácteos o sobras recientes. Las frutas y verduras van en los cajones, donde la humedad se mantiene estable. Respetar estas ubicaciones mejora la conservación de los alimentos y permite encontrar todo con rapidez.
Por último, dedicar un momento semanal a planificar tres o cuatro comidas facilita mucho la vida. No se trata de seguir un menú rígido, sino de tener un punto de partida para evitar la sensación de improvisación constante. Esta planificación ayuda a utilizar lo que ya hay en casa y a reducir compras innecesarias. Con el tiempo, la despensa se convierte en una aliada real, y la compra deja de ser una preocupación para convertirse en una actividad más tranquila y ordenada.
